2.02. Egipto en la época de Amarna (XVIII dinastía)

Moisés fue testigo del surgimiento de Egipto hasta que llegó a ser el poder político mayor de su tiempo. Durante su vida, el imperio establecido por Tutmosis III alcanzó desde las fronteras de la meseta abisinia en el sur hasta el río Eufrates en el norte.

La riqueza de Asia y África se vertió en la tierra del Nilo, donde se levantaron templos tales como los de Karnak, Luxor, Deir el-Bahri, y otros tan colosales que han resistido el poder destructivo del hombre y de la naturaleza durante milenios, y han maravillado a muchas generaciones de visitantes.

Cuando Israel estaba en el desierto, desde alrededor de 1445 hasta 1405 AC (ver: V - LA FECHA AC DEL ÉXODO), el imperio egipcio fue conservado unido por las manos fuertes y despiadadas de Amenhotep II (c. 1450-1424 AC) y de su hijo Tutmosis IV (c. 1425-1412 AC).

Con el siguiente rey, Amenhotep III (c. 1412-1375 AC), llegó al trono un hombre que disfrutó plenamente del imperio que sus padres habían edificado, sin que él mismo desplegara mucho esfuerzo para mantenerlo unido.

En su juventud fue un gran cazador y encabezó una campaña militar a Nubia, pero de allí en adelante vivió en medio de gran lujo y comodidad; pasó sus últimos días siendo obeso y débil, con dientes cariados, como lo revelan los abscesos hallados en su momia. Se casó con Tiy, quien, no obstante ser hija de plebeyos, fue una mujer notable de la cual estaba orgulloso Amenhotep.

Sin embargo, hubo también un gran influjo de sangre extranjera en la familia real, porque fueron traídas al harén del rey princesas de varios reinos extranjeros, la más importante de las cuales fue Gilukhepa, de los mitanios. Ese reino mesopotámico septentrional, regido por hurrios indoeuropeos, había sido anteriormente el mayor rival de los primeros reyes de la XVIII dinastía, pero a la sazón cultivaba relaciones amistosas con Egipto.

Aparentemente Amenhotep III esperaba que las riquezas de Asia y África, que siempre habían enriquecido a Egipto y que le llegaban regularmente como tributo, continuarían haciéndolo sin esfuerzo adicional de su parte.

No tuvo en cuenta los lejanos estruendos de la desintegración de su imperio asiático. Los hititas en el norte, los revoltosos príncipes locales de Siria y Palestina, y los intrusos habiru en esos mismos países, estaban carcomiendo los bordes del imperio y quizá ocasionando una disminución notable de los ingresos de Egipto. Pero el perezoso faraón no hizo nada para poner un dique a la marea de decadencia imperial.