2.05. La XIX dinastía

La primera tarea de Haremhab fue restaurar el orden interno y la seguridad de Egipto, que parecen haber sido muy perturbados durante las décadas previas de gobierno débil.

Su edicto, aún existente, fue promulgado "para establecer el orden y la verdad, y expulsar el engaño y la mentira". A los sacerdotes se les concedieron privilegios especiales en el sistema judicial, y se anunciaron castigos severos y crueles contra los abusos de poder de los funcionarios del reino.

Puesto que parece que necesitó de todas sus energías para restaurar el orden en el país, no tuvo tiempo ni fuerza para recuperar las posesiones asiáticas que en esta época ya se habían perdido completamente.

Desde la muerte de Tutmosis IV en 1412 AC, ningún rey egipcio había sido visto en Siria o Palestina, con el resultado de que el faraón ya no era conocido ni temido en estos países. Esta situación fue ventajosa para los hebreos, que probablemente comenzaron su invasión de Palestina en 1405, y en las décadas posteriores pudieron establecerse allí sin interferencia de parte de los reyes de Egipto.

Cuando murió Haremhab sin dejar hijos, fue seguido por el sucesor nombrado por él, el general del ejército, Ramsés I. Siendo anciano, Ramsés I murió después de reinar sólo un año (1319-1318 AC), y dejó el trono a su hijo Seti I (1318-1299 AC).

Con él comenzó una nueva era, y una vez más se sintió el poder de Egipto. Realizó esfuerzos decididos, en los cuales tuvo éxitos parciales, para recuperar las posesiones asiáticas. Registros esculpidos en las paredes de templos egipcios y en un gran monumento de piedra hallado al excavar Bet-seán, en el extremo oriental del valle de Esdraelón, en Palestina, revelan que el rey invadió ésta durante su primer año.

Su meta principal fue recuperar algunas de las ciudades importantes que, en tiempos pasados, habían sido ocupadas por guarniciones egipcias, y controlar una vez más las rutas del comercio a la fértil y rica Haurán en la Transjordania septentrional.

Afirma haber atacado y conquistado simultáneamente, con tres divisiones, las ciudades de Yano'am, Bet-seán y Hamat (al sur de Bet-seán). Su estela de la victoria hallada en Bet-seán muestra que reocupó la ciudad y estacionó una guarnición egipcia allí. Entonces cruzó el Jordán y ocupó algunas regiones ricas del Haurán, según otro monumento de la victoria hallado en Tell esh-Shih~b, alrededor de 35 km al este del mar de Galilea.

Después que Seti I hubo recuperado algunas ciudades importantes de la Palestina occidental y de Transjordania, se volvió a Siria y reconquistó Cades sobre el Orontes, según sus registros oficiales esculpidos en los muros del templo de Karnak y por el fragmento de una estela de la victoria hallada en la misma Cades.

En una campaña posterior Seti I avanzó aún más hacia el norte para castigar al traidor reino de Amurru y para obligar a los hititas a reconocer ciertos derechos de Egipto sobre el norte de Siria. Una vez más, llegaron a Egipto el botín procedente de Siria y madera de cedro del Líbano, aunque no en las cantidades de un siglo antes.

Sin embargo, Egipto gozó una vez más de la satisfacción de ser el orgulloso gobernante de regiones y pueblos extranjeros de Asia, aunque el nuevo imperio no era sino una sombra del anterior.

Durante el reinado de Seti I se inició entre Egipto y Asia un intercambio cultural más libre que nunca antes. El sistema de culto egipcio aceptó deidades cananeas, tales como Baal, Resef, Anat, Astarté y otras. La religión egipcia perdió su aislamiento y algunas de sus peculiaridades nacionales. De entonces en adelante se puso más énfasis en la magia, el ritual y los oráculos, y los dioses Fortuna y Destino jugaron un papel más importante en la vida religiosa de los egipcios.