11.03. Salomón (971-931 AC)

Salomón, tercer gobernante del reino unido de Israel, cuyo nombre era también Jedidías, "al cual amó Jehová" (2 Samuel 12: 24, 25), parece haber seguido la costumbre oriental de tomar un nombre para ocupar el trono: Salomón, "pacífico". Su reinado hizo que este título no fuese sólo apropiado, sino también popular.

Por razones no especificadas, Dios escogió a Salomón para que fuese el sucesor de David, y éste lo proclamó rey durante una revolución de palacio que tenía el propósito de colocar en el trono a su hermano mayor Adonías (1 Reyes 1: 15-49). Aunque Salomón pareció al principio demostrar clemencia para con Adonías, no se olvidó del incidente. Por lo general, el menor error que cometieron los opositores de Salomón les costó la vida. De ahí que tanto Joab, instigador del complot, como Adonías fueran finalmente ejecutados, mientras que Abiatar, el sumo sacerdote, fue depuesto (1 Reyes 2).

Demostrando una piedad desusada para sus años, y comprendiendo al parecer la dificultad de sus problemas políticos, Salomón pidió a Dios sabiduría en la difícil tarea de gobernar el nuevo imperio. Su sabiduría, de la cual tenemos ejemplos en los Proverbios, Eclesiastés y Cantares, excedió a la de todos los demás sabios famosos de la antigüedad (1 Reyes 3: 4 a 4: 34). Esta fama atrajo a su corte a los intelectuales de varias naciones. De esas visitas, la de la reina árabe de Sabá parece haber sido la que hizo mayor impresión sobre sus contemporáneos (1 Reyes 4: 34; 10: 1-10).

El reino que Salomón heredó de su padre se extendía desde el golfo de Akaba, al sur, hasta casi el Eufrates, al norte. Nunca antes ni después tuvo tanta extensión el territorio israelita. Siendo que tanto Asiria como Egipto estaban muy débiles en esta época,Salomón no encontró verdadera oposición de parte de sus vecinos, y aprovechando esa situación, se aventuró en grandes empresas comerciales por tierra y por mar que le reportaron riquezas nunca antes vistas por su pueblo. De ahí que el esplendor de su reinado se hiciera legendario, como lo testifica Mateo 6: 28, 29.

Puesto que los fenicios ya controlaban el comercio del Mediterráneo, Salomón se dirigió hacia el sur y realizó empresas comerciales con Arabia y el Africa oriental, llevando a cabo sus expediciones marítimas con la ayuda de marinos de Tiro (1 Reyes 9: 26-28). La ciudad de Ezión- geber en el golfo de Akaba no sólo sirvió de puerto principal para estas expediciones, sino también, aparentemente, como un centro comercial del cobre extraído en el Wadi Arabá (la zona entre el mar Muerto y Ezión-geber). Como además controlaba muchas rutas comerciales terrestres, Israel llegó a ser el gran mercado de compra y venta de carros y lino egipcios, caballos de Cilicia y diversos productos de Arabia. Prácticamente nada entraba en Egipto desde el oriente, o en Mesopotamia desde el suroeste, sin enriquecer los cofres de Salomón (1 Reyes 4: 21; 10: 28, 29).

El rey emprendió también grandes construcciones. Sobre el monte Moriah, en el norte de la antigua Jerusalén, edificó una acrópolis que comprendía el magnífico templo, edificado en 7 años (1 Reyes 6: 37, 38), y su propio palacio, cuya construcción llevó 13 años (1 Reyes 7: 1). También construyó el millo' o "relleno", que algunos creen que estuvo entre Sion y Moriah, y reparó el muro de Jerusalén (1 Reyes 9: 15, 24). A lo largo del país se construyó una cadena de ciudades para sus carros a fin de garantizar la seguridad nacional, y esto requirió un gran ejército regular y muchos caballos y carros, costosos rubros del presupuesto nacional (1 Reyes 4: 26; 9: 15-19; 10: 26; 2 Crón. 9: 28). Las excavaciones de Gezer y Meguido han comprobado plenamente estas afirmaciones bíblicas.

Para sus múltiples empresas, el rey dependía del trabajo forzado (1 Reyes 5: 13-18; 9: 19-23), y de los fenicios, para conseguir obreros adiestrados y marineros (1 Reyes 7: 13; 9: 27). Los magníficos proyectos de construcción y las grandes exigencias del ejército fueron una carga tan pesada para la economía israelita, que aun los inmensos ingresos de Salomón resultaron insuficientes para financiar el programa, con el resultado de que en una ocasión tuvo que ceder 20 pueblos galileos a Fenicia en pago de la madera y del oro que necesitaba (1 Reyes 9: 10-14).

Siguiendo la costumbre de los monarcas orientales, Salomón tuvo un gran harén, y procuró fomentar la buena voluntad internacional casándose con princesas de la mayoría de las naciones circunvecinas, incluso Egipto, y permitió que se edificasen en Jerusalén santuarios dedicados a deidades extranjeras (1 Reyes 11: 1-8). La princesa egipcia, que trajo como dote la ciudad de Gezer que su padre había conquistado de los cananeos, parece haber sido su reina favorita por cuanto le construyó un palacio separado (1 Reyes 3: 1; 9: 16, 24).

Pero la gloria exterior del reino, el suntuoso ceremonial de la corte, las nuevas y poderosas fortalezas en todo el país, el fuerte ejército y las grandes empresas comerciales no podían ocultar el hecho evidente de que el imperio de Salomón estaba por desintegrarse. Había inquietud entre los israelitas a causa de los altos impuestos y el trabajo forzado requerido, y las naciones subyugadas sólo esperaban una señal de debilidad para independizarse de Jerusalén. Aunque la Biblia sólo menciona por nombre a tres rebeldes que se manifestaron en abierta oposición a Salomón: Hadad edomita, Rezón hijo de Eliada, y el efrainita Jeroboam (1 Reyes 11: 14-40), los sucesos que ocurrieron inmediatamente después de la muerte de Salomón implican que debe haber habido considerable desasosiego aun durante su vida.

Los escritores bíblicos, que se preocuparon más de la vida religiosa de sus héroes, dan como razón principal de la decadencia del poder de Salomón y la desintegración de su imperio, el hecho de que el rey se hubiera apartado del camino recto de sus deberes religiosos. Aunque había construido el templo de Jehová y en su dedicación ofreció una oración que reflejaba profunda experiencia espiritual (1 Reyes 8: 22-61), cayó en una poligamia e idolatría sin precedentes (1 Reyes 11: 9-11) que provocaron la prosecución de una política insensata que apresuró la caída de su reino.

No bien hubo cerrado los ojos Salomón, las tribus de Israel se separaron en dos bandos y varias de las naciones sometidas proclamaron su independencia.